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LA TRANSICIÓN PROFESIONAL DEBERÍA SER UNA POLÍTICA CULTURAL DEL DEPORTE - NOTA FINAL

  • Writer: Enrique Portnoy
    Enrique Portnoy
  • 3 days ago
  • 3 min read
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Las dos notas anteriores, de esta serie, recorrieron el sistema desde dos perspectivas: la institucional y la personal.

Queda una pregunta abierta: ¿es posible construir un deporte diferente?

Uno donde los clubes prosperen, las asociaciones regulen con transparencia y los deportistas tengan un rol más activo que el de simples participantes de una estructura predefinida.

Esta tercera nota, que cierra la serie, no busca idealizar un modelo perfecto, sino proponer principios para una transformación posible basada en algo que el deporte no suele discutir: cómo organizar un sistema que cuide a quienes lo sostienen.


El deporte argentino arrastra tres problemas estructurales que no se resuelven con cambios cosméticos ni con discursos de ocasión:

  1. Falta de una cultura de planificación: sin horizonte, todo se vuelve contingente; y sin continuidad, es imposible sostener políticas deportivas que promuevan estabilidad y desarrollo.

  2. Ausencia de mecanismos de formación integral: El sistema entrena al deportista para competir, pero no para participar del mundo del deporte como un ciudadano profesional:

·       no se fomenta la comprensión de contratos,

·       ni la lectura crítica de la estructura,

·       ni el desarrollo de habilidades paralelas,

·       ni la construcción de un proyecto más amplio.

Esto genera un círculo vicioso: el deportista queda fuera de los espacios donde se toman decisiones, y como no participa, el sistema reproduce modelos que lo excluyen.

  1. Desconexión entre instituciones y personas: La distancia entre clubes, asociaciones, dirigentes y deportistas no es solo política: es cultural. Cada actor opera con su propio idioma, su propia urgencia y su propio incentivo. El jugador participa del sistema deportivo, pero no participa del “gobierno del deporte”. Mientras esa distancia exista, no habrá reforma posible.

Un modelo alternativo en donde las instituciones integran y los deportistas participan, con el concepto de "Organizaciones que ayudan a crecer y a aprender". Un jugador que entiende el sistema puede aportar perspectivas que hoy, quizás, no están presentes en la mesa. Desarrollando estrategias de capacitación que podrían formar parte de un plan de carrera práctico que permite el crecimiento de las personas y de las instituciones; no como

decorado simbólico, sino como parte estable de la cultura. No cursos aislados ni charlas esporádicas, sino una estructura institucional que incorpore, por ejemplo:

·       formación en liderazgo,

·       educación técnica,

·       herramientas de gestión,

·       habilidades cognitivas y socioemocionales.

Preparar al deportista mientras compite no es un gasto: es una inversión en capital humano que luego vuelve al club, al deporte y al propio jugador.

IDEAS DE SEGUNDO TIEMPO

La transición del deportista debería ser un tema institucional, no un problema individual; por supuesto que esto no quita responsabilidad personal, pero sí evita que cada jugador tenga que reinventar desde cero lo que debería ser parte de la cultura deportiva.

El Segundo Tiempo no es solo un proceso personal: es también un concepto estructural. Un sistema que reconoce ese proceso, está obligado a cambiar:

·       deja de tratar al deportista como ejecutor y lo reconoce como sujeto profesional;

·       deja de organizar carreras como piezas descartables y empieza a pensar en trayectorias;

·       deja de sostener su legitimidad en la pasión de los hinchas y empieza a sostenerla en la calidad humana del deporte.

Cuando un jugador construye su Segundo Tiempo, el sistema cambia. Cuando muchos lo construyen, el sistema se transforma.

CONCLUSIONES DE ESTA SERIE DE NOTAS:

El deporte profesional es uno de los pocos espacios donde la intensidad emocional convive con estructuras institucionales que rara vez se discuten. Esta serie buscó abrir esa conversación desde un lugar maduro, realista y constructivo; para que el deporte argentino evolucione no basta con modificar reglamentos o cambiar autoridades; es necesario incorporar un principio fundamental: un sistema es tan fuerte como las personas que lo habitan.

El futuro del deportista no puede quedar librado al azar, y el futuro del deporte no puede depender de estructuras que no integran a sus protagonistas; por eso, el desafío no es solo mejorar el sistema: el desafío es construir un deporte que también forme personas capaces de imaginar y sostener ese cambio. Ese es el verdadero sentido del Segundo Tiempo.





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