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TAPIA Y TOVIGGINO PUEDEN TENER EL PODER, PERO NO PUEDEN DECIDIR COMO VAN A PASAR A LA HISTORIA. LA CREDIBILIDAD ES OTRA COSA

  • Writer: Enrique Portnoy
    Enrique Portnoy
  • 3 days ago
  • 8 min read

La conducción de la AFA atraviesa uno de los períodos deportivos más exitosos de la historia argentina. También concentra poder, recursos e influencia. Sin embargo, hay una discusión que los títulos no resuelven y que ninguna asamblea puede clausurar: la de su credibilidad.

Claudio Tapia y Pablo Toviggino tienen poder. Mucho. Negarlo sería absurdo. Como también sería absurdo desconocer los resultados deportivos que acompañaron estos años de conducción de la AFA. Argentina fue campeona del mundo, ganó dos Copas América y una Finalísima. La Selección recuperó una identificación con la sociedad que durante muchos años parecía perdida. Messi finalmente levantó la Copa del Mundo y una generación de jugadores consiguió algo todavía más difícil: que millones de argentinos volvieran a sentirse representados por su Selección. Todo eso ocurrió durante esta conducción y forma parte de su balance. Pero no responde todas las preguntas. Porque una cosa es el éxito deportivo. Otra es el poder. Otra, la legitimidad. Y otra bastante diferente es la credibilidad. Y es ahí donde creo que Tapia y Toviggino tienen un problema que ni los resultados deportivos ni el poder acumulado alcanzan para resolver.

No todo se mide en resultados. En el deporte tenemos una tendencia bastante comprensible a medirlo todo por el resultado. Se ganó o se perdió. Se clasificó o se quedó afuera. Se consiguió el contrato o no. La organización recaudó más, consiguió nuevos sponsors, aumentó su patrimonio, amplió su influencia. Pero una institución no es un equipo de fútbol. La calidad de una institución también se mide por la transparencia de sus procesos, la previsibilidad de sus reglas, sus mecanismos de control y la independencia de quienes tienen la responsabilidad de controlar. Importa cuánto consigue una conducción, naturalmente. Pero también importa cómo lo consigue. Y, sobre todo, qué institución va dejando mientras ejerce el poder. Ahí empieza la discusión que me interesa.

No hace falta una condena para hacerse preguntas. Hay que ser muy cuidadosos con este punto. Las investigaciones judiciales son investigaciones. Las hipótesis de fiscales o jueces son hipótesis. Y ninguna persona debería ser considerada culpable de algo que la Justicia no haya probado. Dicho esto, tampoco parece razonable sostener que mientras no exista una condena no hay nada sobre lo cual preguntarse. Pero existe otro juicio que no espera necesariamente una sentencia: el de la opinión pública. La política argentina ofrece suficientes ejemplos de dirigentes que fueron absueltos, sobreseídos o nunca condenados y, sin embargo, nunca lograron recuperar la confianza que habían perdido.  La causa conocida como la de la “mansión de Pilar” es un buen ejemplo. Desde que comenzó, en diciembre pasado, habían intervenido catorce jueces entre quienes tuvieron a cargo la investigación y quienes debieron resolver en qué jurisdicción debía tramitarse. A  mediados de agosto todavía no existía una definición de fondo sobre eventuales responsabilidades por lavado de dinero.  Durante la investigación hubo allanamientos y distintas medidas de prueba. Uno de los magistrados planteó la hipótesis de que la propiedad podía haber sido adquirida con recursos provenientes de una eventual administración fraudulenta de AFA. Otro ordenó analizar contablemente fondos de la asociación desde 2019 para determinar si recursos de la entidad habían sido utilizados. Nada de eso prueba una responsabilidad penal. Es lo que se está investigando. También resulta difícil pasar por alto que Diego Barroetaveña, uno de los jueces que posteriormente intervino en decisiones relacionadas con la causa, había integrado hasta poco antes el Tribunal de Ética de la propia AFA, situación que generó cuestionamientos y un pedido de apartamiento.  La Justicia deberá determinar qué ocurrió. Por ahora parece que todo va encaminado hacia donde la historia marca…

Pero mi punto es otro. Una institución puede no tener dirigentes condenados y, sin embargo, tener un problema de credibilidad. Hay preguntas que un juez no puede responder. Supongamos que mañana todas las investigaciones que hoy involucran o rozan a la conducción de AFA terminan sin condenas. ¿Eso demostraría automáticamente que estamos frente a una institución transparente, con buenos mecanismos de gobierno y controles suficientes? Creo que no. Más que creo… La Justicia determina responsabilidades jurídicas. La credibilidad institucional se construye de otra manera. Tiene que ver con saber cómo se administra el dinero, quién controla a quien lo administra, cómo se manejan los conflictos de intereses, qué información tienen quienes integran la organización y qué posibilidades reales existen de discutir una decisión sin pagar un costo por hacerlo. Son preguntas bastante elementales para cualquier institución que administra poder y recursos importantes. Y deberían serlo todavía más para una organización como AFA. Por eso creo que esperar que los tribunales resuelvan la discusión sobre la credibilidad de esta conducción es equivocarse de ventanilla. No es un juez quien puede concederla.

¿Cuánto vale un “sí” cuando alguien tiene tanto poder? Hay una cuestión que me resulta particularmente interesante. Cuanto más poder concentra una persona, más difícil le resulta saber cuánto valen realmente las adhesiones que recibe. AFA distribuye recursos, organiza competencias, administra relaciones, genera oportunidades, controla los resultados de los partidos y toma decisiones que afectan directa o indirectamente a decenas de clubes y a miles de personas. En esas condiciones, tener gente alrededor no necesariamente es una medida de prestigio. Tampoco estoy diciendo que todo aquel que acompaña a esta conducción lo haga por conveniencia. Sería una generalización tan injusta como ingenua. Lo que digo es otra cosa.Cuando alguien tiene capacidad para abrir y cerrar puertas, ayudar, perjudicar, distribuir recursos o simplemente hacer más fácil o más difícil la vida de quienes forman parte del sistema, debería ser particularmente cuidadoso al interpretar el apoyo que recibe. También para eso hay que tener capacidad, empatía, entendimiento, actitud…Una votación unánime puede ser una demostración de respaldo. También puede esconder otras cosas. El problema es que desde el poder resulta muy difícil distinguirlas. Y quizás una de las grandes trampas del poder sea justamente ésa: terminar creyendo que nadie cuestiona porque todos están de acuerdo; o que realmente tampoco interese. 

También hay que mirar a los que están alrededor La responsabilidad institucional no termina en Tapia y Toviggino. Alrededor de AFA hay clubes, dirigentes, profesionales, empresas, sponsors, intermediarios, asesores y una cantidad enorme de actores que se relacionan con la organización. No creo que por hacerlo compartan automáticamente la responsabilidad por las decisiones de sus autoridades. Mucho menos que exista una responsabilidad jurídica por asociación. Pero hay otra dimensión que no conviene ignorar. Cada uno decide con quién se relaciona, qué explicaciones necesita, qué situaciones considera aceptables y dónde coloca sus propios límites. Esto vale para una empresa que hace negocios con AFA, para un profesional que presta servicios, para un dirigente que levanta la mano y para cualquiera que obtenga un beneficio legítimo de pertenecer al sistema. No todos tienen el mismo grado de responsabilidad. Pero tampoco todos son simples espectadores. Hay momentos en los que callar es perfectamente razonable. Y otros en los que el silencio empieza a formar parte de la reputación que cada uno construye para sí mismo.

El prestigio lo generan, en buena medida, otros. Hay algo especialmente paradójico en la AFA actual. Buena parte del prestigio social del fútbol argentino no fue producido en una oficina. Fue producido dentro de una cancha. Lo construyeron Messi, Scaloni, los jugadores y los cuerpos técnicos. Lo construyeron ganando, pero también generando una identificación extraordinaria con la gente. La conducción de AFA naturalmente participa de esos éxitos. Creó condiciones, tomó decisiones y tiene derecho a incorporarlos a su balance. Lo que no debería hacer es utilizarlos como respuesta para cualquier cuestionamiento institucional. Messi no puede contestar una pregunta sobre un balance. Scaloni no puede explicar un mecanismo de control. Una Copa América no resuelve un conflicto de intereses. Son discusiones diferentes. Y creo que el enorme éxito de la Selección hace todavía más evidente la oportunidad que tenía, y todavía tiene, esta conducción: acompañar uno de los mejores ciclos deportivos en décadas con una construcción institucional igualmente difícil de cuestionar. ¿Está ocurriendo? Esa es la pregunta.

El costo de la falta de confianza no lo pagan solamente los dirigentes. Hay otra razón por la que esta discusión importa. Cuando una federación pierde credibilidad, el problema no queda limitado a quienes la conducen. Afecta a la institución. Y desde ahí se extiende. A los clubes. A dirigentes que intentan hacer las cosas bien, o no tan bien. A profesionales. A empresas. A personas que trabajan seriamente dentro del fútbol. Y termina alcanzando también a jugadores y entrenadores, que son quienes construyen la mayor parte del espectáculo y, al mismo tiempo, quienes no tienen control sobre muchas de las decisiones institucionales. Eso debería preocuparnos. Porque el fútbol argentino puede terminar produciendo una situación bastante extraña: protagonistas que generan prestigio dentro de la cancha y una estructura que consume parte de ese prestigio fuera de ella. No parece un equilibrio sostenible, pero si parece lo que pasa.

Hay algo que Tapia y Toviggino no pueden controlar Y acá llego a la razón principal por la que escribo esta columna. No sé cómo terminarán las investigaciones judiciales actuales. Tampoco sé cuánto tiempo más Tapia será presidente de AFA ni cuánto poder seguirá acumulando Toviggino. Lo que sí sé es que ese poder va a terminar. No porque crea que esté a punto de ocurrir. Simplemente porque todo poder se termina. Ejemplos en la historia mundial, sobran; en la historia de Argentina, también. Algún día otras personas ocuparán esos lugares. Y cuando eso suceda, muchas de las cosas que hoy parecen importantes van a perder rápidamente su valor. Ya no importará quién necesitaba un favor, quién recibía recursos, quién levantaba la mano en una asamblea o quién consideraba conveniente mantenerse cerca. Va a quedar algo bastante más sencillo.

Qué hicieron mientras tuvieron el poder. Qué institución dejaron. Cómo administraron sus recursos. Qué controles aceptaron. Qué reglas respetaron. Cómo reaccionaron frente a las preguntas. De qué lado estuvieron. Y qué hicieron con quienes pensaban diferente. Ahí se construirá el verdadero balance.

El problema de confundir el presente con la historia.  La historia, también la del deporte, está llena de dirigentes que parecieron intocables mientras ejercían el poder. No hace falta compararlos con personajes extremos ni buscar analogías grandilocuentes. El mecanismo es mucho más cotidiano. Mientras alguien tiene recursos, influencia y capacidad de decisión, abundan los que quieren estar cerca. Cuando deja de tenerlos, la conversación cambia. Por eso me parece que Tapia y Toviggino cometen un error si interpretan el poder que tienen hoy como una respuesta acerca del lugar que ocuparán mañana en la historia del fútbol argentino. Pueden influir muchísimo sobre su presente. Lo que no pueden hacer es decidir cómo serán recordados. Eso dependerá de algo menos manejable: los hechos vistos con la distancia que hoy todavía no existe. Y ahí aparece nuevamente la credibilidad. No se compra. No surge de una elección. No la produce una asamblea unánime. No viene incluida con una Copa del Mundo. Y tampoco se consigue porque quienes están alrededor guarden silencio. La conceden los demás.Y una vez deteriorada, recuperarla suele ser bastante más difícil que acumular poder. Tapia y Toviggino tienen hoy una enorme oportunidad y también una enorme responsabilidad. Pueden utilizar la fortaleza que construyeron para responder preguntas, abrir información, fortalecer controles y dejar una institución que esté a la altura de los extraordinarios resultados deportivos de estos años. O pueden considerar que no necesitan hacerlo porque el poder actual alcanza. La diferencia entre ambas opciones probablemente no se vea hoy. Se va a ver cuándo ya no tengan el poder. Y entonces la discusión no será cuánto tuvieron. Será qué hicieron con él.


Enrique Portnoy.

 

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