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EL OTRO PARTIDO: MIENTRAS ELLOS JUEGAN AL FÚTBOL, OTROS JUEGAN CON EL FÚTBOL - parte I

Writer: Enrique Portnoy
Enrique Portnoy
5 minutes ago
6 min read


Durante mucho tiempo, cuando se hablaba de arreglar un partido, todos entendíamos más o menos lo mismo. Había que conseguir que un equipo ganara o perdiera. Había que comprar voluntades suficientes para modificar un resultado. Había que controlar noventa minutos. Esa imagen todavía existe. Pero pertenece, en buena medida, a un fútbol que cambió. 

Hoy quizás no sea necesario controlar un partido entero. Puede alcanzar con controlar un momento. Una tarjeta. Un penal. Un córner. Una expulsión. Una acción determinada. Y ésa es una de las transformaciones más profundas, y menos discutidas, que produjo el crecimiento de las apuestas deportivas alrededor del fútbol. La propia FIFA define la manipulación de partidos de una manera mucho más amplia que alterar simplemente el resultado: incluye influir ilegítimamente sobre ‘el curso, el resultado o cualquier otro aspecto’ de un encuentro. Entre sus ejemplos menciona provocar deliberadamente tarjetas o penales, perder intencionalmente una fase de un partido o la aplicación deliberadamente incorrecta de las reglas por parte de un árbitro. FIFPRO, la organización internacional que representa a los futbolistas profesionales, advierte exactamente lo mismo: un arreglo puede involucrar el resultado, pero también momentos específicos como un córner o una tarjeta amarilla. Entonces quizás tengamos que actualizar nuestra propia idea del problema.

Antes había que comprar un partido. Hoy puede alcanzar con comprar un minuto. Y cuando entendemos eso, el fútbol empieza a verse de otra manera. Hay un partido que vemos y otro que no vemos. El hincha mira la pelota. Quién ataca. Quién defiende. Quién juega mejor. Quién hace el gol. Pero alrededor de esos mismos noventa minutos existe otro partido. Uno que no necesariamente se juega dentro de la cancha. 

Mientras dos equipos compiten por tres puntos, alrededor de ellos existen empresas de televisión, patrocinadores, representantes, intermediarios, proveedores de datos y plataformas de apuestas. Todos pueden obtener valor económico de lo que ocurre dentro del terreno. Eso no convierte a ninguno de ellos, por supuesto, en sospechoso de nada. 

Las apuestas deportivas legales constituyen una actividad regulada en numerosos países y forman parte del ecosistema económico del deporte contemporáneo. El problema es otro. Cuanto más dinero depende de lo que ocurre dentro de un partido, mayores deberían ser los mecanismos destinados a garantizar que nadie pueda saber, inducir o comprar anticipadamente aquello que todavía no ocurrió.

La propia FIFA reconoce esta tensión con una claridad interesante: señala que las apuestas generan miles de millones y pueden representar una fuente de financiación para el fútbol, pero simultáneamente constituyen un riesgo para su integridad. Es decir: el conflicto no lo inventa quien pregunta. Lo reconoce el propio organismo que gobierna el fútbol mundial.

Esa tensión ya no pertenece solamente a los documentos de los organismos internacionales. Está ocurriendo frente a nosotros.

En la Argentina, el crecimiento de las apuestas online ya empieza a reflejarse con claridad en la recaudación. En agosto de 2026, el impuesto al juego digital recaudó $16.975 millones, un 46% más que un año antes en términos reales.

El dato no demuestra nada sobre la integridad del fútbol. Demuestra otra cosa: la escala y la velocidad con las que está creciendo el negocio.

Brasil acaba de llevar la discusión todavía más lejos. En septiembre de 2026, el gobierno de Lula da Silva prohibió mediante una medida provisoria la explotación, oferta, intermediación y publicidad de las apuestas deportivas y los juegos online.

No necesitamos discutir aquí si prohibir es mejor que regular. Ésa es otra discusión.

Lo que importa para esta columna es algo diferente: las apuestas ya no son solamente personas jugando dinero sobre el fútbol. Constituyen una industria que recauda impuestos, compra publicidad, financia patrocinios y participa económicamente del ecosistema que rodea al deporte. La integración llega incluso a los datos. En enero de 2026, FIFA designó por primera vez un distribuidor mundial oficial de datos y transmisiones destinados a operadores de apuestas licenciados. El acuerdo incluye, entre otras competencias, los 104 partidos del Mundial 2026 y fue presentado por la propia FIFA como una herramienta para fortalecer el control, la transparencia y el monitoreo. Y ahí aparece una paradoja que merece atención: el fútbol necesita protegerse de algunos de los riesgos que genera una industria de la cual, al mismo tiempo, puede obtener recursos. Cuanto más profunda sea esa relación económica, más fuertes deberían ser las instituciones encargadas de garantizar que exista una frontera que el dinero nunca pueda atravesar.

El negocio ya no necesita saber solamente quién gana. Ésta es probablemente la transformación que obliga a mirar el problema de otra manera. El viejo apostador quería acertar el resultado. El mercado contemporáneo puede ofrecer muchísimo más. Y eso cambia la naturaleza del riesgo. Porque si existe valor económico alrededor de acontecimientos parciales de un partido, potencialmente también existe un incentivo económico para intentar controlar alguno de esos acontecimientos. Una tarjeta amarilla puede no decidir quién gana. Un córner tampoco. Un penal puede ser errado. Una expulsión puede producirse cuando el resultado ya está prácticamente definido. Pero cada uno de esos acontecimientos puede tener valor en un mercado de apuestas. Entonces aparece una pregunta inquietante: ¿hace falta arreglar un resultado cuando se puede intentar arreglar un acontecimiento? FIFA contempla expresamente estas situaciones dentro de aquello que considera manipulación: provocar deliberadamente una amonestación, conceder un penal, aplicar incorrectamente una regla o decidir no sancionar una acción que debería sancionarse. Esto no demuestra que esas cosas estén ocurriendo en el fútbol argentino. Y es importante decirlo. No estamos afirmando que cada tarjeta sospechosa sea parte de una apuesta. Ni que cada penal absurdo tenga detrás un interés económico. Ni que un futbolista que comete un error esté haciendo otra cosa que equivocarse. Sería irresponsable hacerlo. 

La pregunta es institucional: ¿el fútbol argentino posee mecanismos suficientemente robustos para detectar cuándo una acción deja de ser un error y se convierte en otra cosa? El problema de la manipulación es precisamente que puede parecer fútbol. Un arquero puede equivocarse. Un defensor puede cometer un penal absurdo. Un delantero puede errar un gol imposible. Un futbolista puede llegar tarde y recibir una amarilla. Un árbitro puede interpretar mal una jugada. Todo eso ocurre normalmente. Y ahí reside una de las mayores dificultades para detectar una manipulación. Lo manipulado puede parecer exactamente igual que lo accidental. Un penal provocado deliberadamente sigue pareciendo un penal. Una tarjeta buscada puede parecer una infracción innecesaria. Un error de un arquero puede parecer simplemente un mal cálculo. Un árbitro que omite una sanción puede parecer alguien que no vio la jugada. Por eso la integridad deportiva no puede descansar solamente en observar lo ocurrido dentro de la cancha. Hay que mirar también lo que sucede alrededor: Patrones de apuestas. 

Movimientos inusuales. Información privilegiada. Contactos. Denuncias. Relaciones entre participantes y apostadores. La propia FIFA hizo exactamente eso durante el Mundial 2026: monitoreó en tiempo real los mercados de apuestas y la actividad relacionada con los 104 partidos. Al terminar el torneo informó que no había detectado actividad de apuestas sospechosa ni indicios de manipulación en ninguno de los encuentros. Ese resultado es importante por dos motivos. Primero, porque demuestra que monitorear no significa necesariamente encontrar corrupción. Y segundo, porque ofrece una enseñanza institucional: la confianza es mucho más sólida cuando puede apoyarse en controles que cuando depende simplemente de que alguien nos pida que confiemos.

¿Y quién controla ese otro partido en Argentina?  Ésta debería ser una pregunta central. ¿Qué estructura monitorea sistemáticamente las apuestas realizadas sobre el fútbol argentino? ¿Qué partidos se controlan? ¿Solamente Primera División? ¿También el ascenso? ¿Categorías inferiores? ¿Quién recibe las alertas cuando aparecen movimientos estadísticamente anormales? ¿Existe coordinación entre operadores de apuestas, AFA, organismos regulatorios y Justicia? ¿Qué ocurre cuando aparece una alerta? ¿Quién investiga? ¿Cuántas alertas hubo? ¿Cuántas investigaciones? ¿Cuántas fueron descartadas? ¿Cuántas terminaron en sanciones? ¿Existe información pública que permita conocerlo? Y ahora aparece otra pregunta: si el negocio crece, ¿los mecanismos destinados a proteger la integridad están creciendo a la misma velocidad?

No necesitamos presumir que existen partidos arreglados para formular esas preguntas. Al contrario. Precisamente si creemos que el fútbol argentino es limpio deberíamos querer demostrarlo con los mejores sistemas de control disponibles. Porque la integridad no consiste solamente en castigar al culpable. También consiste en poder defender al inocente. El futbolista empieza a aparecer en otra dimensión. 

Hasta aquí hablamos de organizaciones, apostadores, mercados y sistemas de control. Pero cualquier intento de manipular algo que ocurre dentro de una cancha necesita, en algún momento, acercarse a quienes están adentro. Y ahí aparece el futbolista. No como origen del problema. También puede aparecer como objetivo. Porque quien busca alterar un acontecimiento no elige al azar. Busca accesos. Busca información. Busca posibilidades. Y, eventualmente, busca vulnerabilidades.

Entonces quizás hemos formulado durante demasiado tiempo la pregunta al revés. Antes de preguntarnos qué puede hacer un futbolista frente a una propuesta, deberíamos preguntarnos: ¿Quién intenta acercarse a él? ¿Por qué lo elige? ¿Qué conoce de su situación económica o profesional? ¿Y qué hizo el fútbol para protegerlo antes de que ese acercamiento ocurriera? La respuesta que ofrece FIFPRO debería preocupar al fútbol...

La nota continuará la semana próxima.





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