EL CLUB ES DE LOS SOCIOS. ¿SEGURO?


Hay algo de la discusión sobre las sociedades anónimas deportivas que nunca terminé de entender. Cada vez que aparece el tema, la respuesta de la dirigencia del fútbol argentino es casi automática: “El club es de los socios”. Lo dice Claudio Tapia. Lo dice la AFA. Lo dicen presidentes de clubes. Y debo reconocer que, como principio, me gusta. Crecí entendiendo a los clubes argentinos de esa manera. Instituciones que pertenecen a su gente, que forman parte de un barrio, que tienen historia, colores, familias, generaciones enteras que van a la misma cancha. Hay algo ahí que vale la pena defender. El problema empieza cuando uno deja por un momento la consigna y mira cómo funciona realmente el fútbol argentino; porque hay clubes de Primera División con mil socios. Otros con tres mil. Otros con seis mil. Y entonces me aparece una pregunta bastante elemental: ¿Quién paga la cuenta?No estoy hablando de River, Boca o Racing, instituciones con cientos de miles de socios, estadios enormes, recaudaciones importantes, merchandising y una capacidad propia de generación de recursos que más o menos podemos entender. Estoy hablando de Deportivo Riestra.Según los datos difundidos por la propia AFA, Riestra tiene poco más de mil socios. Mil personas. Y juega en Primera División.Tiene jugadores profesionales, cuerpo técnico, inferiores, empleados, viajes, concentraciones, seguridad, medicina deportiva, instalaciones. En definitiva, tiene que sostener una estructura que cuesta mucho dinero.Naturalmente recibe televisión, sponsors, transferencias y los demás ingresos que corresponden a un club profesional. Pero aun así cuesta imaginar que aproximadamente mil socios expliquen económicamente el fenómeno Riestra. Y para entenderlo hay que hablar de Víctor Stinfale. RIESTRA Y UNA PREGUNTA INCÓMODA Stinfale es propietario de Speed, la bebida energizante que acompaña al club desde hace más de una década y es su principal sponsor. Desde que Speed llegó, Riestra cambió. Y no lo digo yo. Los propios dirigentes del club han contado cómo se profesionalizó la estructura. Antes hacían prácticamente de todo ellos mismos. Después llegaron mejores lugares de entrenamiento, preparadores físicos, utilería y una organización diferente.Hay un dato que me resulta particularmente interesante. Cuando la empresa desembarcó en 2014, según recordó recientemente el vicepresidente del club, les dijeron que en diez años iban a estar en Primera. Diez años después, Riestra estaba en Primera. Puede ser una extraordinaria historia de planificación deportiva. Seguramente lo sea.Pero también obliga a hacer una pregunta: ¿Quién construyó ese proyecto?Riestra insiste en que no está gerenciado, que no es una sociedad anónima deportiva y que pertenece a sus socios. No tengo razones para discutir su situación jurídica. Lo que quiero entender es otra cosa: ¿Qué significa, en la práctica, que Riestra pertenece a sus aproximadamente mil socios?Se me ocurre una manera bastante sencilla de averiguarlo.Imaginemos por un momento que mañana desaparecieran esos mil socios. No que murieran, naturalmente: que dejaran de pagar la cuota: ¿Qué pasaría con el fútbol profesional de Riestra?Ahora hagamos el ejercicio inverso.¿Qué pasaría si mañana desaparecieran Speed, Stinfale y la estructura económica y deportiva construida alrededor de esa relación?Tengo la impresión de que las consecuencias serían bastante diferentes. Y si es así, la discusión empieza a ponerse interesante. Porque una cosa es ser propietario en un estatuto. Otra es tener el poder. DESPUÉS ESTÁ BARRACAS Barracas Central tiene poco más de tres mil socios. Y en este caso hay un apellido del que resulta imposible escapar: Tapia.Claudio Tapia presidió el club durante años. El estadio lleva su nombre. Su hijo Matías es actualmente el presidente. Nada de eso constituye una irregularidad. Y tampoco quiero caer en esa costumbre tan argentina de sospechar automáticamente de todo. Pero hay algo que tampoco podemos hacer: fingir que la historia reciente de Barracas Central puede explicarse sin la historia de Claudio Tapia.Mientras Barracas fue creciendo dentro del fútbol argentino, Tapia fue creciendo dentro del poder del fútbol argentino. Hasta llegar a presidir la AFA.¿Una cosa explica la otra? No necesariamente.¿Podemos analizar una sin mirar la otra? Creo que tampoco.Barracas introduce además algo que a veces olvidamos cuando hablamos de financiamiento. No todo capital es dinero. Las relaciones son capital. La capacidad de abrir puertas es capital. La influencia es capital.El poder político, especialmente dentro de una organización que decide competencias, categorías, recursos y buena parte de la vida cotidiana de los clubes, también es capital. Por eso cuando me dicen que Barracas pertenece a sus tres mil y pico de socios no pienso que sea falso. Pienso que es insuficiente. Quiero saber dónde está realmente el poder. Y DESPUÉS ESTÁ CENTRAL CÓRDOBA El caso de Central Córdoba de Santiago del Estero agrega otro elemento. El Estado.El club tiene algo más de seis mil socios y el Gobierno de Santiago del Estero aparece públicamente entre sus principales sponsors. Además recibió durante años subsidios provinciales destinados a diferentes aspectos de su funcionamiento.Aclaremos algo porque en Argentina las discusiones rápidamente se convierten en caricaturas. No me parece mal que el Estado ayude a los clubes. Todo lo contrario. Los clubes cumplen una función social que probablemente el Estado nunca podría reemplazar. Forman chicos, generan comunidad, contienen, educan, crean pertenencia.Pero una cosa es financiar esa función social y otra que recursos públicos terminen ayudando a sostener fútbol profesional. Ahí, por lo menos, tengo derecho a preguntar. Si Central Córdoba es de sus seis mil y pico de socios, ¿qué lugar ocupan los santiagueños que financian al Estado que financia al club? Porque ellos también pusieron dinero. Sólo que no votan. Y Santiago del Estero no es precisamente una provincia a la que no le sobren necesidades por atender. No estoy diciendo que ese dinero haya sido utilizado ilegalmente. Estoy preguntando algo bastante anterior a cualquier discusión judicial: ¿Por qué? ¿Cuánto? ¿Para qué? ¿Quién lo decidió? ¿Quién lo controló?Me parecen preguntas razonables cuando el dinero es de todos.
PERO EL PROBLEMA NO SON ESTOS TRES CLUBES Podría terminar acá y escribir una columna contra Riestra, Barracas y Central Córdoba. No tendría demasiado sentido. Porque los tres clubes, en definitiva, funcionan dentro de las reglas que existen. El problema que me interesa es otro: El modelo. Y ahí inevitablemente aparece Claudio Tapia.Tapia ha hecho de la defensa de las asociaciones civiles frente a las sociedades anónimas deportivas una bandera de su conducción. Puede tener razón. No tengo una posición religiosa sobre las SAD. No creo que convertir un club en sociedad anónima garantice absolutamente nada. Hay empresarios extraordinarios y empresarios impresentables, del mismo modo que hay dirigentes de asociaciones civiles extraordinarios y otros a los que uno no les confiaría ni la administración del consorcio. Lo que no compro es la superioridad moral automática de una forma jurídica. Una asociación civil no es democrática porque diga “asociación civil” en su estatuto. Tiene que comportarse democráticamente. Y si Tapia quiere defender el modelo argentino porque sostiene que los clubes pertenecen a sus socios, entonces debería ser el primer interesado en demostrar que efectivamente es así. No sólo jurídicamente. En la realidad. Porque ahí encuentro una contradicción que todavía nadie me explicó. Uno de los principales argumentos contra las SAD es que no podemos permitir que un empresario sea dueño de un club. Bien.¿Qué ocurre cuando un empresario se vuelve económicamente imprescindible para una asociación civil?Nos preocupa que alguien compre un club.¿Pero no nos preocupa que pueda financiarlo?Nos preocupa que tenga acciones que le otorguen poder.¿Pero no nos preocupa que tenga poder sin necesidad de tener acciones?Y lo mismo vale para una familia, un gobierno provincial o una estructura política.Quizás estemos mirando el instrumento equivocado. YO QUIERO SABER QUIÉN PUEDE APAGAR LA LUZ Después de darle algunas vueltas encontré una definición de propiedad bastante menos jurídica. Quiero saber quién puede apagar la luz. Quién puede decir mañana “no pongo más” y provocar un problema serio. Quién puede conseguir jugadores. Quién puede conseguir dinero. Quién puede abrir puertas que otros no pueden abrir. Quién puede tomar una decisión que cambie el destino del club aunque no figure como propietario de absolutamente nada. Ese probablemente sea el poder que importa.Si son los socios, magnífico. Entonces el club efectivamente es de los socios. Pero si son otros, no pasa nada. Podemos discutir ese modelo. Podemos decidir que nos gusta. Podemos incluso concluir que es la única manera posible de sostener determinados clubes en el fútbol profesional argentino. Lo único que no deberíamos hacer es mentirnos. Porque el capital privado ya está dentro del fútbol argentino. No necesita llamarse SAD. Puede llamarse sponsor. Mecenas. Benefactor. Empresario amigo. También puede llamarse gobierno provincial. Y el poder tampoco necesita acciones para existir. Puede provenir del dinero. De las relaciones. De la política. O simplemente de la capacidad de hacer que las cosas sucedan. Y AHÍ VUELVO A TAPIA El problema de Claudio Tapia no es Barracas Central. Tampoco Riestra ni Central Córdoba. El problema es el fútbol que está construyendo mientras conduce la AFA. Tapia puede decir que defiende a los clubes de sus socios. Pero después de casi una década al frente del fútbol argentino ya no alcanza con decirlo. Tiene que mostrarlo. Tiene que explicar qué controles existen para saber quién financia realmente a los clubes. Qué información reciben sus socios. Qué relación existe entre sponsors y decisiones deportivas. Qué límites existen para los conflictos de intereses. Qué ocurre cuando el Estado financia fútbol profesional. Y, sobre todo, qué entiende exactamente la AFA por un club “de los socios”. Porque quizás descubramos que estamos discutiendo mal el problema.Quizás la verdadera discusión nunca haya sido SAD sí o SAD no. Quizás sea poder transparente o poder oculto. Una sociedad anónima tiene propietarios. Sabemos quiénes son. Una asociación civil tiene socios. También sabemos quiénes son. Lo que no siempre sabemos es quién tiene realmente el poder. Y después de mirar algunos clubes del fútbol argentino, empiezo a pensar que ésa es la pregunta que Claudio Tapia menos ganas tiene de contestar. Porque quizás la diferencia entre una SAD y algunos clubes del fútbol argentino no sea quién manda. Quizás sea que en una SAD sabemos quién es.
Enrique Portnoy




Comments