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EL FÚTBOL PUEDE SOPORTAR UN MAL ARBITRAJE, LO QUE NO PUEDE SOPORTAR ES DEJAR DE CREER QUE FUE UN ERROR. - parte II

Writer: Enrique Portnoy
Enrique Portnoy
8 minutes ago
6 min read

La sospecha también perjudica al que gana...

Existe otra equivocación frecuente. Pensamos que los únicos perjudicados por un arbitraje sospechado son los equipos que pierden. No. También pierde el que gana. 


Cuando una competencia pierde credibilidad, cada error arbitral deja de tener un solo perjudicado. El que pierde sospecha. El que gana queda bajo sospecha. El árbitro queda bajo sospecha. Y los futbolistas terminan jugando un partido cuyas consecuencias pueden ser mucho más largas que sus noventa minutos.

Si un club obtiene un campeonato y una parte importante del fútbol considera que fue favorecido sistemáticamente, su mérito deportivo queda contaminado. Tal vez injustamente. Quizás haya sido el mejor. Quizás haya ganado limpiamente. Pero la falta de credibilidad arbitral termina robándole una porción de legitimidad al propio vencedor. Ese es uno de los costos más perversos de un sistema que no logra transmitir confianza. La sospecha distribuye culpables aunque no existan pruebas. Perjudica al árbitro. Perjudica al campeón. Perjudica a la dirigencia. Perjudica al torneo. Y termina perjudicando económicamente al producto. Porque las competiciones deportivas no venden solamente goles. Venden credibilidad. La sospecha tampoco distingue demasiado entre instituciones y personas. Un jugador puede hacer un gran partido y quedar asociado a una victoria discutida. Un entrenador puede construir un trabajo durante meses y ver cómo todo se reduce a una decisión arbitral. Y un árbitro puede cargar durante años con un fallo que nadie terminó de explicar institucionalmente. (1)

Un campeonato es, en el fondo, un contrato de confianza.  Cuando dos clubes entran a una cancha aceptan una cantidad enorme de reglas. Aceptan el tamaño del terreno. La duración del partido. Las sanciones. El reglamento de la competencia. Y aceptan algo más. Aceptan que habrá un tercero encargado de interpretar las reglas. Ese tercero es el árbitro. Por eso el arbitraje no constituye un detalle administrativo dentro del fútbol. Es una de las condiciones que hacen posible la competencia. 

Si un equipo sospecha que el tercero no es verdaderamente independiente, el contrato empieza a romperse. Y cuando esa sospecha se extiende hacia los hinchas, los sponsors, los inversores y quienes compran derechos de televisión, la cuestión deja de ser deportiva. También se convierte en económica.¿Qué valor tiene una competencia cuyo resultado genera desconfianza? ¿Qué empresa quiere asociar indefinidamente su marca con un torneo permanentemente sospechado? ¿Cuánto vale un campeonato si el debate posterior se concentra más en las decisiones arbitrales que en los futbolistas?

El fútbol argentino posee una enorme capacidad para sobrevivir a sus propias crisis. Pero no deberíamos confundir resistencia con salud.

Existe además un problema nuevo: cada decisión puede tener un valor económico fuera de la cancha. Hasta aquí podríamos estar hablando del mismo problema de hace treinta años. Pero el fútbol cambió. Y cambió de una manera que vuelve muchísimo más delicada la cuestión arbitral. La industria de las apuestas deportivas creció hasta convertirse en un negocio global de miles de millones. FIFA reconoce expresamente que esa industria representa, al mismo tiempo, una fuente de financiamiento para el fútbol y un riesgo para su integridad.

Esto cambia la dimensión de cada decisión. Una tarjeta ya no tiene solamente una consecuencia deportiva. Un penal tampoco. Una expulsión tampoco. Pueden existir mercados económicos construidos alrededor de acontecimientos particulares de un partido. Y aquí conviene detenerse. No estamos afirmando que esto explique ningún fallo arbitral del fútbol argentino. No existe base para decirlo. Estamos diciendo algo diferente: el crecimiento de las apuestas vuelve mucho más exigente la obligación institucional de proteger la independencia y la credibilidad del arbitraje. La propia FIFA incluye dentro de su definición de manipulación de partidos la aplicación deliberadamente incorrecta de las reglas por parte de un árbitro, por ejemplo mediante tarjetas o penales indebidamente concedidos. También prohíbe a árbitros, futbolistas y oficiales involucrarse directa o indirectamente en apuestas vinculadas al fútbol. FIFA implementa además monitoreo de mercados de apuestas, mecanismos confidenciales de denuncia y estructuras específicas de integridad para detectar posibles anomalías en sus torneos. Durante el Mundial 2026 informó haber monitoreado en tiempo real los 104 partidos y no haber detectado actividad de apuestas sospechosa ni indicios de manipulación. Ese dato ofrece una enseñanza interesante. Controlar no significa sospechar de todos. Significa exactamente lo contrario. Crear herramientas que permitan distinguir una sospecha de una evidencia. Y eventualmente descartarla. La confianza no se reclama: se construye. 

Frente a las críticas arbitrales existe una tentación recurrente. Descalificar a quien pregunta. Es opositor. Está enojado porque perdió. Tiene intereses. Busca desestabilizar. A veces probablemente sea cierto. Pero una institución no puede construir legitimidad obligando a los demás a confiar. Debe producir razones para que confíen. Y cuanto mayor es el poder que administra, mayor debería ser su esfuerzo por hacerlo. Este punto conecta directamente con una discusión que excede al arbitraje. En notas anteriores publicadas en “Opiniones 2T”, preguntábamos quién ejerce verdaderamente el poder en el fútbol argentino y qué responsabilidad histórica acompaña a quienes lo concentran. Aquí aparece una consecuencia concreta de aquella pregunta. No alcanza con decir: “Nosotros conducimos.” También hay que poder demostrar. (1)

El que arbitra no depende de nuestras preferencias. Porque la autoridad deportiva necesita una distancia visible entre quien gobierna la competencia y quien debe impartir justicia dentro de ella. No solamente debe existir independencia. Debe poder percibirse.

¿Qué debería pedir el fútbol? No un arbitraje perfecto. Eso sería imposible. Tampoco árbitros que nunca se equivoquen. No existen. Lo razonable sería algo bastante más modesto y, al mismo tiempo, mucho más exigente: un sistema en el que podamos entender los criterios de designación; en el que las evaluaciones no sean una caja cerrada; en el que los árbitros puedan desarrollar su carrera sin temer consecuencias políticas; en el que los errores relevantes tengan explicaciones institucionales; en el que las decisiones del VAR sean cada vez más transparentes; en el que existan mecanismos confiables para denunciar presiones o intentos de manipulación; y en el que la integridad no dependa solamente de la palabra de quienes controlan el sistema. Porque el problema de fondo no es demostrar que alguien hizo trampa. Es construir una organización donde hacer trampa sea difícil, detectable y costoso. Eso es una institución.

El error tiene que seguir siendo creíble.  Quizás ésta sea la verdadera batalla que enfrenta hoy el arbitraje argentino. No eliminar el error. Preservar su credibilidad. Que cuando un árbitro se equivoque podamos insultarlo durante diez minutos, discutir durante tres días y finalmente aceptar que fue eso: un error.

Porque el día que la sociedad futbolera deje de concederle esa posibilidad, habrá ocurrido algo mucho más grave que una mala fecha arbitral. Se habrá roto la presunción de inocencia del sistema. Cada penal discutible parecerá una orden. Cada designación, un mensaje. Cada tarjeta, una sospecha. Cada intervención del VAR, una teoría. Y a partir de allí será muy difícil distinguir el verdadero escándalo de la imaginación colectiva. Ese es precisamente el motivo por el cual la transparencia no debería ser vista por la conducción del fútbol como una concesión a sus adversarios. Es su principal defensa. También es la principal defensa de los árbitros. El fútbol argentino puede soportar árbitros malos. Puede soportar equivocaciones. Puede soportar un VAR que falle. Puede incluso soportar semanas enteras de decisiones inexplicables. Lo ha hecho durante más de un siglo. Lo que no puede soportar indefinidamente es otra cosa: que dejemos de creer que fueron equivocaciones. Porque cuando frente a un penal la pregunta deja de ser si el árbitro vio mal y pasa a ser si alguien necesitaba que cobrara, ya no estamos discutiendo las reglas del fútbol. Estamos discutiendo la legitimidad de la competencia. Y esa legitimidad vale mucho más que cualquier partido. Por eso quizás la pregunta que deberían formularse quienes gobiernan el fútbol argentino no sea cómo lograr que los clubes dejen de protestar. Es una bastante más incómoda: ¿qué estamos haciendo para que, cuando un árbitro se equivoque, todos podamos volver a creer que simplemente se equivocó?

Para un futbolista o un entrenador, además, no siempre existe revancha. Las carreras son cortas. Los contratos vencen. Las oportunidades no se repiten indefinidamente. Por eso, cuando una competencia pierde credibilidad, quienes más expuestos quedan son justamente quienes ponen su carrera dentro de ella, y por eso, nosotros en Segundo Tiempo, nos ocupamos del tema.

Porque mientras esa respuesta no resulte evidente, habrá una sospecha esperando detrás de cada silbato. Y hay algo que vuelve esa sospecha todavía más delicada. Hoy, alrededor de cada penal, cada tarjeta, cada expulsión y cada minuto de un partido, no sólo hay puntos en juego. También hay dinero apostado. Ese es otro partido. Y merece otra nota.




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