PROYECTOS DE SEGUNDO TIEMPO - NOTA II a - IDENTIDAD, ROL Y PÉRDIDA
- Enrique Portnoy
- 17 minutes ago
- 3 min read

DEJAR DE SER QUIENES ERAMOS NO ES LO MISMO QUE FRACASAR
Una de las confusiones más profundas en los procesos de reconversión profesional es creer que lo que se pierde es solo un trabajo, una función o una actividad. En realidad, lo que se ve amenazado es algo mucho más delicado: la identidad.
Durante años, muchas personas no solo hacen lo que hacen; son eso que hacen. No se trata de una decisión consciente, sino de una construcción progresiva. La profesión organiza el tiempo, define vínculos, otorga reconocimiento, estructura la agenda y, muchas veces, da sentido. Poco a poco, el rol se vuelve identidad.
El problema aparece cuando ese rol se debilita, se transforma o desaparece. En ese momento, no se pierde solo una ocupación: se pierde una forma de presentarse ante el mundo y ante uno mismo.
Por eso el Segundo Tiempo no es solo un desafío práctico, sino profundamente existencial.
En el deporte profesional, esta fusión entre identidad y rol es particularmente intensa. Desde edades muy tempranas, el deportista es definido por su disciplina, su rendimiento y su pertenencia. El “soy jugador” no es una descripción; es una identidad total. Cuando ese rol se termina, el vacío no se llena automáticamente con otra actividad. Queda un espacio incómodo, difícil de habitar.
Fuera del deporte ocurre algo similar, aunque de forma más silenciosa. Ejecutivos, empresarios, profesionales, docentes, artistas: muchos se descubren un día respondiendo a la pregunta “¿qué sos?” con una incomodidad nueva. La respuesta ya no fluye. El rol empieza a quedar grande o chico, pero ya no encaja.
ROL, RECONOCIMIENTO Y PERTENENCIA
El rol no solo organiza la tarea; organiza el reconocimiento. Define quién escucha, quién valida, quién espera algo de nosotros. Cuando el rol se cae, ese circuito se rompe. El teléfono suena menos. Las opiniones pesan distinto. La presencia deja de ser necesaria.
Esta pérdida suele doler más de lo que se admite. No por vanidad, sino porque el reconocimiento externo cumple una función psicológica central: confirma que existimos para otros. Cuando desaparece, aparece una sensación de invisibilidad que muchos viven con vergüenza. En el Segundo Tiempo, este es uno de los núcleos más sensibles.
No se trata de querer volver al aplauso, sino de redefinir el valor personal sin depender de él. Esa redefinición no es inmediata. Requiere atravesar una etapa de desajuste, donde la persona ya no es quien era, pero todavía no es quien será, son procesos.
El error más frecuente en este punto es intentar reemplazar rápidamente el rol perdido por otro similar. Cambiar de camiseta sin cambiar de lógica. Buscar el mismo reconocimiento en otro escenario. Este movimiento, aunque comprensible, suele prolongar la confusión.
El problema no es el rol en sí, sino la identificación total con él.
LA PÉRDIDA QUE NO SE LLORA
Muchas pérdidas en el Segundo Tiempo no se reconocen como tales. No hay ritual, no hay despedida, no hay permiso para el duelo. “No pasó nada grave”, “me fue bien”, “no tengo derecho a sentirme así”. Estas frases funcionan como anestesia, pero no curan.
Sin duelo, la identidad queda congelada en el pasado. La persona sigue definiéndose por lo que fue, incluso cuando ya no ocupa ese lugar. Aparece entonces una tensión permanente entre la nostalgia y la negación. Se habla del pasado con orgullo, pero también con rigidez. Se evita el futuro porque todavía no tiene forma.
Aceptar la pérdida no implica negar lo vivido. Implica integrarlo. Reconocer que esa identidad fue valiosa, necesaria y verdadera, pero que ya no puede ser el único eje.
El Segundo Tiempo no pide borrar el pasado; pide descomprimirlo.
TEXTO DE CONTINUARÁ...
