AL PACINO + ROBERT DE NIRO: MÁS ALLÁ DEL OSCAR
- Enrique Portnoy
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En un estudio imaginario, pequeño, pero cargado de historia; fotogramas en blanco y negro en las paredes, una cafetera humeante, tres copas sobre la mesa; se encuentran Robert De Niro, Al Pacino y Osvaldo Salvadores. No hay cámaras rodando, pero la intensidad en el aire podría confundirse con la de una escena crucial. Lo que sigue no es una entrevista ni una retrospectiva. Es una conversación profunda sobre el oficio de ser, la reconversión como arte, y la necesidad, imperiosa, existencial, de seguir construyendo sentido cuando las luces del escenario parecen apagarse. De Niro y Pacino, con sus ochenta años vividos con el peso y la gloria del cine, conversan con Osvaldo sobre lo que queda cuando uno ya lo ha sido “todo”, pero también, sobre lo que puede venir cuando se entiende cómo funcionan las cosas.
REUNIÓN DE TRABAJO CON OSVALDO SALVADORES
OS: Gracias por estar acá. Para muchos, ustedes ya lo dijeron todo con sus películas, Pero lo que más me interesa es lo que están diciendo ahora, desde el lugar del hombre que sigue despierto, que sigue transformándose. ¿Qué significa, para ustedes, el Segundo Tiempo a esta altura de la vida?
RD: Creo que la palabra reconversión suena como si uno dejara algo atrás, Segundo Tiempo me gusta mucho; pero en realidad… no lo dejas. Lo reciclas. Lo fundís de nuevo. Yo ya no busco personajes, busco conversaciones. Ya no interpreto, intento entender y eso, para mí, es más desafiante que cualquier escena. AP: Yo siempre supe que el escenario era una excusa. Una forma de hablar de lo que no se podía hablar en la vida real; pero ahora… la vida real se volvió el escenario. Reconvertirse es dejar de esconderse detrás del rol. Empezar a vivir sin guion. A los 80, eso da más vértigo que actuar en Broadway. OS: ¿No sienten a veces que la industria del cine, como en el deporte, como tantos otros mundos, también obliga a “jugar el mismo papel” hasta el cansancio? RD: Totalmente. A mí me llamaban siempre para hacer de tipo duro, de silencioso. Pero el que soy ahora tiene muchas más preguntas que respuestas. La industria no siempre permite eso. Por eso me busqué espacios donde pudiera crear desde otro lado: un festival, una escuela, una productora que dé lugar a nuevos relatos. Eso también es actuar, pero desde otro lugar. AP: El mundo del espectáculo es adictivo. Te define por lo que fuiste. Pero reconvertirse es una rebelión contra eso. Es decir: “no soy sólo Michael Corleone”. Aunque la gente te mire como si siempre fueras él. Para mí, reconvertirme fue empezar a hablar con jóvenes actores, con escritores nuevos. Empezar a decir “no sé”, sin que eso me dé vergüenza. OS: En Segundo Tiempo decimos que retirarse no es el final, sino una transformación. ¿Dónde encuentran hoy su energía creativa?
RD: En la escucha. Aprendí a callarme. Y en ese silencio aparecen cosas nuevas. Una charla con un chef, con un carpintero, con un chico que empieza… todo eso me enseña más que una masterclass. Hoy, mi energía viene de ser aprendiz otra vez. AP: Yo la encuentro en lo que duele. En lo que ya no puedo hacer. En lo que perdí. Porque ahí hay verdad. Y si algo nos enseñó el cine , el bueno, es que la verdad es el lugar más fértil para crear. OS: ¿Qué le dirían al joven que cree que su mejor momento está en el pasado? RD: Que no compre esa idea. Que el éxito es un formato viejo. Que vale más estar vivo que estar famoso. AP: Y que la vida no es un personaje. Es una trama larga, con capítulos lentos, y muchos cambios de género. Que no tenga miedo de salirse del libreto. OS: Si el cine se apaga, si los escenarios se vacían, si ya no hay guion… ¿qué queda RD: Queda la vida. Y es una buena película si sabes mirar. AP: Y si no la entendes, mejor todavía. Porque ahí es cuando empieza el verdadero arte.

